Drogas y Exclusión Social (1996)

Drogas y Exclusión Social (1996)
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@juanenlinea


El problema del uso indebido de drogas nos sonó durante mucho tiempo como un drama de la juventud de los países extranjeros. Sin embargo, nadie puede negar hoy que el problema de la drogadicción quita el sueño a toda una generación de padres que ven con asombro, como sus hijos adolescentes se encuentran arrojados a una sociedad que tiene al abuso de sustancias psicoactivas como una de sus características distintivas.


Lamentablemente para esta generación de padres la drogadicción no aparece como la única conducta
peligrosa que amenaza a sus hijos. La violencia callejera o en los boliches, el SIDA, la paternidad-maternidad tempranas, el aborto, el delito, la falta de valores sociales como referentes, la ausencia de espacios familiares, y los mensajes contradictorios de los medios de comunicación, son entre otros la preocupación de muchos padres en torno al crecimiento de sus hijos.


Una cosa es cierta, ninguna sociedad humana es una sociedad segura. Todas según su tiempo y lugar tienen, tuvieron, y tendrán sus riesgos. Así, nuestra sociedad cordobesa guarda también en su seno a sus propios agentes que la denigran y la autodestruyen. Es como si socialmente la agresividad humana se canalizara de tal modo, que gran parte de ella vuelve sobre sus propios miembros a los fines de lograr un supuesto equilibrio.


Mucha de esa “agresividad social” de la que hablamos se vehiculiza hoy por el uso indebido y abusivo que nuestra juventud y mundo adulto hace de las drogas ilegales, alcohol, y psicofármacos. Elegimos hablar en este artículo de “agresividad social” a los fines de no rotular al adicto como de “persona enferma que se autodestruye”, debido a que si rotulamos así, quienes “no somos adictos” quedaremos fuera de tema, hablando de “los adictos” desde un supuesto lugar aséptico.


Muy por el contrario, lo cordobeses para acercarnos con valentía a este tema de la drogadicción, tenemos como primer deber el elegir una manera de describirlo y abordarlo que nos obligue a incluirnos como parte de este drama. Si decimos (como muchas veces se escucha) que la “drogadicción es un problema de toda la sociedad”, debemos a fuerza de ser coherentes descubrir cual es nuestro papel de responsabilidad en esta historia. Para de esta manera respondernos a la pregunta: “¿ Que me cabe hacer a mí y a la institución que integro y represento, ante este drama ?”.


Todo el circuito que la droga dibuja en nuestra sociedad, desde su tráfico, hasta su consumo, es un circuito de “autoagresión social”. Obviamente que es principalmente el sector adolescente y joven el que mas sufre las consecuencias de esta energía destructiva. La psicología de la agresión dice que las causas de esta conducta puede encontrarse en muchos casos en el sentimiento de frustración de un individuo o grupo humano. A su vez la frustración social tiene muy a menudo su origen en la falta de inserción e integración al medio en el cual se vive. Así Falta de Inserción-Frustración-Agresión, hacen una tríada peligrosa.


Decimos que la drogadicción es una auto-agresión social cuando vemos que la droga y su cultura excluye a adolescentes y jóvenes de la educación y el trabajo, los acompaña en el delito, los detiene en su crecimiento afectivo y relacional, los lleva a situaciones insostenibles en su medio familiar, los expone a enfermedades como el SIDA o Hepatitis C, los lleva a las puertas de las cárceles, les quita esperanzas de una vida lúcida plena, y los adormece como protagonistas posibles de cambios sociales positivos.


Hay quienes frente a la tríada Falta de Inserción-Frustración-Agresión pretenden tomar el toro por el rabo, cuestionando solo las conductas agresivas, y perdiendo por lo tanto la visión total del problema.
La agresividad social, que es expresada de múltiples formas, no es una manifestación aislada y solitaria de la vida comunitaria. Por el contrario cuando ella se da masivamente, como sucede a través de la drogadicción suponen una mal de fondo social que debería ser abordado. Traducido a nuestro tema: responder al problema de la drogadicción solo con políticas de represión al micro-narcotráfico o con el encarcelamiento de los adictos, es intentar tomar el toro por el rabo.


El problema mas bien debe ser visto tomando en cuenta su origen: La Falta de Inserción juvenil en la vida social, laboral y pública, y la Frustración que ello trae aparejado a esta franja de la comunidad, que se traduce en apatía, angustia, trivialidad, falta de ideales, exclusión, etc., nos ayuda a entender recién el surgimiento de la Agresividad que lamentablemente, salvo casos aislados, no está traducida en su forma creativa de “Rebeldía”, sino en un estilo negativo que a la postre se convierte en “auto-agresión”, donde la drogadicción como mecanismo de conducta distintivo marca ese sentido.


Afortunadamente gran parte de nuestra juventud no pasa hoy por todos los momentos de esta tríada. Esto se debe al todavía buen funcionamiento de células sociales como la familia, la escuela o facultad, algunos municipios, la iglesia, el partido político, o el club de pertenencia, que contienen al joven en su Falta de Inserción, o en su Frustración, orientándolo hacia otro lugar que no sea el de la Agresión negativa y autodestructiva.


Lo peligroso es que en el plano político, en teoría el plano del bien común, no aparece con fuerza y
nitidez una programática convincente que demuestre interés por solucionar el tema de la falta de inserción social de la juventud. Mas bien la preocupación de las acciones gubernamentales está en intervenir en los procesos de desborde de la frustración expresados en manifestaciones de la agresión. Así, las acciones políticas se muestran hoy mas preocupadas por el Control Social (problemas que plantea la Agresión), que por el Desarrollo Social (problemas que plantea la Falta de Inserción y la Frustración).


Esta manera de razonar que privilegia el Control Social sobre el Desarrollo Social, demuestra un mayor interés en solucionar lo urgente postergando indefinidamente lo importante. Es un razonamiento que se traduce en la creación de cárceles para menores y mayores con su
agresividad ya en acto, en contraposición a la creación de políticas preventivas y reeducativas asistenciales destinadas a sectores excluidos y sin una panorama claro de inserción social.


Obviamente las conductas Agresivas sociales deben ser contenidas, re-dirigidas, y en el peor de los casos reprimidas. Una sociedad no puede responder con tolerancia infinita a expresiones destructivas de agresión que atentan contra el bien común. De ahí lo punitivo de la ley. Sin embargo la política social debería estratégicamente dirigirse mas a los problemas que plantea la exclusión social y su frustración lógica, que a los efectos de la agresión . Es decir, que si se encaran tareas Preventivas y Asistenciales de la drogadicción quizás hagan falta menos cárceles y menos institutos de menores, ya que esta política supone un abordaje profundo del problema.


Hay algunas aseveraciones que se pueden hacer sobre este tema de las drogas que difícilmente no logren consenso de opinión:

a- Las drogas afectan mayormente al sector adolescente y joven de nuestra sociedad, debido a que psicológicamente se encuentran en una etapa de crisis y por lo tanto instable, y porque socialmente están en transición entre el mundo familiar y el mundo social.

b- La presión de la oferta de drogas, y la masificación del problema hace que toda nuestra niñez, adolescencia y juventud sean población de riesgo frente a esta amenaza.


c- La generación actual de padres de adolescentes (que mas o menos coincide con la edad de nuestros gobernantes) no han vivido este problema en su adolescencia y juventud como problema social, razón por la cual su grado de sensibilización y de empatía con este tema genera en ellos "desorientación" y una especie de “parálisis ante lo desconocido”.


Estas tres variables descriptas interjuegan de manera circular en la dinámica social. Las Drogas como amenaza a sectores sociales en crisis evolutiva, la presión de la oferta de drogas a estos sectores, y la distancia generacional que limita el rol activo de los adultos en su aspecto preventivo y de contención, hace que esta problemática adquiera las características de “bola de nieve”, dado que parece haber mas razones para que el problema crezca que para que se detenga o disminuya.


Si a este panorama agregamos lo que decíamos al comienzo, de que ninguna sociedad es una sociedad segura, nos encontramos entonces ante una poco feliz visión de la realidad: parte de una generación de adolescentes en crisis aparece, sin adultos interlocutores, expuesta a una sociedad riesgosa, que entre otras cosas le ofrece canalizar su frustración, goce, y agresión a través de las drogas.


La drogadicción no solo hace pié en sectores excluidos y frustrados socialmente, también ingresa en grupos posicionados e integrados a la comunidad. Pero si en los primeros su efecto se evidencia en que cristaliza aún mas la exclusión y frustración eliminando las expectativas de superación y
solución, en los segundos ocasiona una paulatino desplazamiento de sus miembros hacia el primero de los grupos. Es común ver jóvenes que por los efectos de la droga y su cultura
pierden sus estudios, trabajos, y afectos, desplazándose hacia conductas marginales y excluyentes de la sociedad.


Córdoba todavía está a tiempo de intervenir con buenas perspectivas en el problema de la drogadicción. Solo que para hacerlo conviene primero que todos los sectores de la vida pública y privada entiendan que tienen responsabilidad en las perspectivas laborales, culturales, y participativas que se ofrecen a la adolescencia y juventud.


En segundo lugar es necesario reconocer que en Córdoba ya existe una amplia población cautiva de la droga y su mundo. Población que ya está excluida de la posibilidad de integrarse en el sistema educativo y productivo social. A esta población no se la puede seguir negando. Equivale a miles de adolescentes y jóvenes que necesitan otra expectativa que los tribunales federales o las cárceles, que necesitan que se los reintegre a la vida social a través de programas preventivos, terapéuticos y reeducativos.


La drogadicción no es solo un problema de la Salud Pública, también lo es del Ámbito Educativo, del de Desarrollo Social, del ámbito Municipal. No es un problema de enfermedad de individuos sino de exclusión social de grupos.


Por eso por mas que se inste los padres de familias a dialogar con sus hijos, por mas que cientos de maestras intenten prevenir a sus alumnos de la drogas, por mas que sacerdotes, pastores, y fuerzas vecinales intenten organizar y organizarse contra la drogadicción, sino aparecen políticos que se enbanderen tras estrategias sociales que ofrezcan a los adolescentes alternativas de vida traducida en acceso al deporte, información, sana diversión, trabajo, rehabilitación, y asistencia, dificilmente se pueda socialmente hacer algo que conmueva la ola de consumidores de drogas.



El desafío consiste entonces en construir una familia, un barrio, una escuela, una universidad, una realidad laboral, una ciudad, una acción política, a las que nuestros adolescentes y jóvenes consideren que vale la pena pertenecer.




Lic. Juan Carlos Mansilla
Psicólogo
Director Programa Cambio
Córdoba . Junio, 1996

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